Pablo López, el más grande cajero de los cantos vallenatos

Pablo López

Su imagen se asemeja más a la de un abuelo en uso de buen retiro que a la de un juglar que ha tocado su caja vallenata durante más de seis décadas dentro y fuera del Macondo que lleva atravesado en su espíritu de hombre noble y enamorado de parrandas interminables y de cantos que lo arrullaron desde antes de llegar a esta existencia.

Fue bautizado como Pablo Agustín, y aún no se jubila de tocar la caja, ese tambor hechizo que hace parte de la trietnia, junto al acordeón y la guacharaca, que compone los auténticos cantos vallenatos nacidos allá en el Macondo creado por aquel fabulador magnífico, su amigo Gabriel, el hijo del telegrafista y quien tuvo a bien invitarlo a recibir el más grande reconocimiento a un hijo de estas tierras, el Premio Nobel de Literatura en diciembre de 1982, es decir, en el siglo pasado en las gélidas tierras de Estocolmo, Suecia.

Al Nobel García Márquez lo conoció por allá en los años cincuenta cuando el entonces incipiente escritor andaba en busca de sus fantasmas del pasado en la vieja Provincia del Valle de Upar. Había llegado a La Paz, a casa de los López, la del viejo Pablo Rafael, el papá de Pablo, y quería saber dónde encontrar a los familiares de su abuelo el coronel Nicolás Márquez Iguarán, quien muchos años después en Cien Años de Soledad pelearía cientos de guerra, perdidas todas

Las parrandas, pilar incólume del Macondo de amigos y compadres, abundaron desde ya en esos añejos e inolvidables años y cuajó una amistad eterna entre Gabo y los vallenatos que narraban de manera excepcional las historias y leyendas que él había escuchado en la casa de los abuelos en Aracataca.

A la casa de los López en la Paz llegaron siempre todos los juglares de la Provincia tal cual lo hacían los visitantes y parientes desaforados a la casa de los Buendía. Desde allí Pablo Agustín había conocido la magia del acordeón que aprendió a tocar mucho antes que la caja y al que le sacó sentidas notas conjugadas con pitos y bajos.

Pablo Agustín López Gutiérrez, Pablito López, el cajero de años después, debió salir de La Paz hacia Bogotá. Una ciudad gris, desconocida y helada en esa mitad de los años cincuenta. En la capital, Pablo Agustín tenía aún reciente el recuerdo de los cantos que en su tierra había escuchado. En cada madrugada afloró el recuerdo de La Vieja Gabriela, de Corral de Piedra y de las narraciones cantadas de Rafael Escalona, quien ya tenía múltiples amigos cachacos y era una especie de casanova también más allá de las fronteras vallenatas.

Con Hernando Molina, quien después fue el primer esposo de La Cacica, Consuelo Araujo Noguera, alistado en el Ejército Nacional, Pablo Agustín inauguró varias parrandas en las noches bogotanas. En una de esas, cuando las circunstancias del destino así lo decidieron los persistentes músicos viajaron a “tierra caliente” muy cerca de Bogotá. En esas cálidas sabanas y durante una madrugada de parranda, Molina, el cajero perdió la batalla contra el trago y quedó al margen de la celebración lo que obligó a Pablo a agarrar la caja vallenata para nunca más soltarla. Los parranderos sentenciaron para la historia, “este mundo está al revés, hemos perdido el tiempo escuchando a Molina, pero el que toca es Pablo”

La historia de parrandas inolvidables e interminables no acabó y Pablo conformó, junto a Víctor Soto y Pedro García el conjunto Los Universitarios. Ya estudiaban derecho en la Universidad Libre de la capital del país. Junto a muchos cachacos la tierra bogotana comenzó a ser testigo de un acordeón, una guacharaca y una caja, la de Pablo, que desde lejos venían para contar las historias, los recuerdos y las remembranzas de una tierra real maravillosa.

Muchos años después, otras frías tierras, las de Suecia, escucharon los sones, merengues, puyas y paseos que habían nacido allá en el Macondo del hombre que pudo ganarle al propio Maligno un magnífico duelo con acordeón y el canto del Credo al revés para luego pasar cada cierto tiempo por la cantina de Catarino en Macondo y contar y cantar todo lo que ocurría más allá de la Ciénaga.

Gabriel García Márquez, acompañado de Pablo Agustín y de un número cada vez más indeterminado de corronchos de ese Macondo inmortal, recibía de manos del Rey Gustavo Adolfo de Suecia el único Premio Nobel de Literatura en la historia de este país.

El ya entonces Premio Nóbel parrandeó con Pablo con Poncho, con Emilianito Zuleta Díaz, los hijos del viejo Emiliano, otro juglar muy grande, muchas horas más en Europa. Habían parrandeado también junto a Francois Miterrand, entonces primer ministro de Francia, Felipe González, jefe del Gobierno español y otros ilustres del Universo y Pablo desplegó la maestría y suavidad para dejar escuchar los sonidos que desde la vieja Africa llegaron a Macondo para no salir nunca más.

Pablo sigue en la hoy menos fría capital, más de cincuenta años después y aún toca, toca su caja vallenata. No puede dejar de hacerlo. Es como si el instrumento lo llamara aunque no es la misma con la que ganó su primer Festival de la Leyenda Vallenata en 1972 cuando acompañó a su hermano Miguel en la Tarima Francisco El Hombre de la Plaza Alfonso López de Valledupar. Volvió a ganar en el 74 y en el 78 cuando Consuelo, la esposa de Nandito Molina, le decomisó el instrumento porque estaba escrito, tal vez, como en los pergaminos de Melquiades que siempre iba a ser el Rey de los Cajeros y que ninguno otro tendría oportunidad de vencer en el toque de la caja al gigante de la cabellera blanca.

Mauricio René Pichot Elles.

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