EN EL DÍA DE LOS DERECHOS HUMANOS

Mario Madrid-Malo Garizábal

El artículo 5° de la Constitución Política de Colombia proclama: "El Estado reconoce, sin discriminación alguna, la primacía de los derechos inalienables de la persona...". Esos “derechos inalienables” son los derechos humanos: los derechos que toda persona tiene por el solo hecho de constituir la realización individual y concreta de la naturaleza humana.

En toda persona hay siempre —de modo connatural— unos bienes jurídicos cuyo fundamento, cuyo título y cuya medida se derivan de la jerarquía ontológica del ser humano. Tales derechos, bueno es advertirlo, pertenecen a cualquier individuo del cual pueda predicarse, real y conceptualmente (secundum rem et secundum rationem), la naturaleza humana, con independencia de que sea microscópico o macroscópico.

Los derechos a los cuales me refiero han recibido diversos nombres a lo largo de la historia. Durante mucho tiempo fueron llamados “derechos naturales”, “derechos inherentes”, “derechos naturales, esenciales e inalienables”, “derechos del hombre” o “derechos públicos subjetivos”. La denominación de “derechos humanos” surgió de la Declaración Universal de 1948 y de los instrumentos internacionales que desarrollan esa histórica proclama.

En cada ser de carácter personal encontramos, junto a su dimensión ontológica, una dimensión jurídica: un espacio ocupado por todos los bienes que a cualquier título se le atribuyen o adjudican como algo suyo. Cuando esos bienes de la persona han provenido de una atribución de su propia naturaleza específica —de la esencia del hombre— estamos frente a los derechos humanos. Un derecho humano es, por lo tanto, cierto bien jurídico cuya titularidad no surge de un otorgamiento del Estado, sino de la juridicidad insertada en la estructura óntica de todo miembro de la especie humana. “Decir que hay ‘derechos humanos’ o ‘derechos del hombre’ —escribe el profesor Truyol y Serra— equivale a afirmar que existen derechos (...) que el hombre posee por el hecho de ser hombre, por su propia naturaleza y dignidad; derechos que le son inherentes y que, lejos de nacer de una concesión de la sociedad política, han de ser por ésta consagrados y garantizados”.

Pero los derechos humanos no son solamente bienes atribuidos a la persona en razón de la esencia y propiedad característica de su ser, que los demás le deben como suyos y están obligados a respetar. Tales derechos son, también, verdaderos poderes de acción que habilitan a quien de ellos es titular para cumplir a cabalidad su papel de sustancia exigente. En esta perspectiva —propia del iushumanismo cuyas fuentes de inspiración se hallan en Ockham, Gersón, Molina y Suárez— los derechos humanos pueden verse, en palabras del profesor De Castro Cid, como “potestades relativas a la propia existencia y actuación, que corresponden a los sujetos humanos por el simple título de su modo de ser humano y con independencia de los condicionamientos existenciales de raza, sexo, nacionalidad, religión, etc”.

La doctrina y la jurisprudencia caracterizan los derechos humanos con las siguientes notas:

1ª Son congénitos, porque pertenecen a la persona humana desde el primer momento de su existencia.

2ª Son inherentes, porque en virtud de su naturaleza están de tal modo unidos a la persona que no pueden ser separados de ella.

3ª Son necesarios, porque sin ellos la persona no puede vivir dignamente, como corresponde a los seres humanos.

4ª Son generales, ecuménicos o universales, porque pertenecen a todo individuo de la especie humana, independientemente de su sexo, edad, posición social, partido político, creencia religiosa, origen familiar, capacidad económica o cualquier otro factor individualizante.

5ª Son indivisibles, porque en lo concerniente a su respeto, a su guarda y a su garantía no caben con respecto a ellos operaciones de partición que lleven, de iure o de facto, a darles a unos mayor peso que a otros.

6ª Son interdependientes, porque todos ellos se relacionan entre sí por su origen y por su conexión teleológica.

7ª Son preexistentes, porque han surgido con anterioridad al derecho positivo, ya que aparecieron con el hombre y no deben su origen a un acto de la autoridad

8ª Son limitados, porque su ejercicio no puede afectar los derechos ajenos ni el justo orden público.

9ª Son inalienables, porque nadie —ni siquiera el propio titular— puede hacer imposible su puesta en práctica.

10ª Son inviolables, porque al vulnerarlos o amenazarlos se comete una injusticia.

Los derechos humanos cumplen una triple función. En primer lugar, protegen la autonomía y la inviolabilidad de la persona. En segundo término, favorecen el desarrollo integral del ser humano como individuo libre y dominador, como miembro de la sociedad y como integrante de la comunidad política. Por último, condicionan el ejercicio del poder político, manteniéndolo dentro de términos justos y racionales. “El principio de la autoridad de los gobernantes —dice la Corte Constitucional en su Sentencia T-442 de 1992— está limitado por ciertos derechos de la persona humana que son anteriores y superiores a toda forma de organización política. Esa limitación de los gobernantes constituye el punto de partida de todas las doctrinas que se ocupan de reivindicar para el hombre unos atributos esenciales que el Estado se halla en la obligación de respetar”

Mario Madrid-Malo Garizábal

Profesor Distinguido de la ESAP

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