¿Manzanas podridas o terrorismo de Estado?

¿Manzanas podridas o terrorismo de Estado? La mayor expresión de cultura ciudadana es que se respete la vida y la ley, y más aún por parte de las fuerzas policiales, que representan el Estado. Eso no pasó en Bogotá. Acá hubo asesinatos por parte de la Policía.

Si las fuerzas policiales que representan el Estado en el espacio público y la calle asesinan, violan derechos humanos, generan detenciones ilegales, amenazan, infunden miedo y actos de terror; bien podría uno preguntarse si no estamos ante un caso de terrorismo de Estado promovido por la Policía, teniendo en cuenta que según la Constitución les corresponde “la función de mantener las condiciones necesarias para el ejercicio de los derechos y libertades públicas, y asegurar que los habitantes de Colombia convivan en paz”. (Artículo 218 de la CP).

Claramente el mandato de la Constitución fue violado el pasado 9, 10 y 11 de septiembre ¿no estamos ante un estado de cosas inconstitucional? Y ha sido violado por la policía no solo en estos días sino en los últimos años y de manera exacerbada en las épocas de cuarentena.

“Cuando el Estado a través de sus gobernantes reprime a la población, la hostiga, la persigue, de modo sistemático, para poder llegar a dominarla a través del temor, evitando cualquier acto de resistencia a la opresión, esa manera de actuar recibe el nombre de terrorismo de Estado, que es un abuso de su poder coactivo, donde los civiles son secuestrados, torturados o asesinados, sin juicio previo, o sin las garantías del debido proceso”, reza la definicón de terrorismo de Estado.

Acá no se trata de manzanas podridas, acá parece que la institución está cobijada públicamente por la bala, por la ilegalidad.

Las preguntas que tenemos son: ¿No hay acá un ejercicio de control territorial, un ejercicio de dominio sobre la ciudad desde las prácticas ilegales de la policía? No debemos olvidar, cuestión que es de una gravedad mayúscula, que la semana pasada las fuerzas policiales hicieron caso omiso al poder de la democracia expresado en la alcaldesa de Bogotá, desobedecieron de manera intencionada el mandato de la autoridad de la ciudad de no usar armas de fuego y no disparar: no solo dispararon, sino que dispararon para asesinar, para eliminar la vida. Eso en cualquier acepción es un acto autoritario.

¿No hay acá un ejercicio intencionado de amilanar y, de manera extrema, asesinar a la sociedad civil más joven y pobre para fracturar las bases de la Democracia y el Estado social de Derecho, de tal manera que el poder de las fuerzas estatales impongan un nuevo orden social que anule la diferencia?

No solo es pertinente preguntarse por quiénes ejercen esta acción sino también quienes son los sujetos y lugares de esta forma de violencia estatal. Las víctimas son principalmente los y las jóvenes, especialmente los más pobres y quienes habitan las periferias de la ciudad, son ellas y ellos quienes han salido a reclamar sus derechos y cuya voz ha sido invalidada, estigmatizada y deslegitimada por parte del Gobierno Nacional en cabeza del Presidente y el Ministro de Defensa, y la Policía Nacional.

Lo que ha vivido nuestra ciudad parece tener un aire de familia con las prácticas y masacres paramilitares, muchas vinculadas con militares, que sucedieron en las épocas del expresidente Álvaro Uribe Vélez. Lo que sucedió antes de las masacres y lo que sucedió durante la masacre es muy parecido a lo que hemos vivido en Bogotá y que desembocó, repito, en la masacre del 9 de septiembre.

Lo que narra el informe “El Placer” –Putumayo realizado por el Centro de Memoria Histórica describe claramente cómo antes de la masacre hubo casos de violación, de violencia sexual por parte de para militares y militares, de violencia física y amenazas a jóvenes y mujeres, detenciones arbitrarias exacerbadas, control social hacia los jóvenes y las mujeres (como vestirse, por dónde caminar, cómo llevar el cabello), persecuciones y allanamientos arbitrarios. De la misma forma operaba el paramilitar alias el OSO antes de sus indignantes masacres, lo mismo sucedió en Bojayá y el Salado y San Onofre y Ovejas. Cualquier parecido con lo que hemos vivido en Bogotá quizás no es coincidencia. En todos estos casos se desembocó en una masacre, como sucedió en la masacre del 9 de septiembre de Bogotá.

Es el momento de poner en acción nuestra fuerza colectiva, confiar en nuestra capacidad de profundizar la democracia. Que las calles se inunden de resistencias creativas, de arte y cultura, de música, grafitis, murales en el asfalto, cuentería, poesía….Debemos salir a las calles, a gritar ¡Basta Ya!.

A las calles el 21 de septiembre, vamos con toda por la democracia, el Estado Social de Derecho y la vida. Hoy más que nunca debemos sacar lo mejor de cada uno y del otro para resistir a un Estado de terror que nos quieren imponer.

(Apartes del discurso preparado para la Audencia Pública realizada en el Congreso de la República el 17 de septiembre)

Diego Cancino
concejal de Bogotá
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