CUALQUIERA PUEDE ENLOQUECER

   CUALQUIERA PUEDE ENLOQUECER Cualquiera puede enloquecerse. O haber sido loco desde siempre. Al fin y al cabo, como dice la Academia, ser loco es actuar o pensar de manera disparatada, o sea diferente o contraria a las personas ordinarias del momento. Ser loco no es necesariamente malo. La historia está llena de locos buenos. Sócrates, Cristo, Lutero, Spinoza, Erasmo, Montesquieu, Voltaire, Galileo, Colón, Franklin, Newton, los hermanos Wright, Pasteur, Beethoven, Van Gogh y otros miles… Pero cuando un Presidente se enloquece – a diferencia de los mortales del común- las consecuencias pueden llegar a ser desastrosas, no solamente para su país, sino para el mundo entero. Pensemos en Hitler, Stalin, Chávez, Kim Jong Un, Idi Amin, Papa Doc, etc. Etc.

Y es imposible evitar que un jefe de Estado pierda la cabeza. Al fin y al cabo un gobernante, aparte de que tiene la propensión a que el ego se le infle, soporta una carga de trabajo tan pesada y está sometido a tantas presiones y tantas responsabilidades que en cualquier instante se le corre la teja. Y si. Es cierto que las constituciones prevén procedimientos o mecanismos para apartar de su cargo al presidente chalado, pero esos remedios normalmente requieren de la intervención del parlamento en donde, usualmente, el presidente sub judice tiene o tuvo mayorías y el asunto se va a convertir en un forcejeo de facciones políticas con intereses muy grandes en el resultado del proceso, lo cual va a distorsionar el fallo final y hacerlo tan demorado que cuando el remedio se aplique ya el daño sea irremediable.

El inmenso poder de los gobernantes es una de las amenazas pavorosas que tiene la democracia. En el caso colombiano que es el que conozco más o menos – presumo que en los demás países es parecido- las facultades del jefe de gobierno dan para todo. Dirige la economía, elabora el Plan de Desarrollo y el presupuesto nacional – o sea que controla prácticamente toda la inversión de los dineros públicos- , nombra los altos ejecutivos de la Nación, dirige las Fuerzas Armadas, declara la guerra o el estado de conmoción interior, participa en la elección de Procurador y Fiscal, vigila los bancos y las sociedades mercantiles… etc. ¡Qué horror!

Esa formidable acumulación de atribuciones es nefasta por dos razones principales: En primer lugar porque la lucha por ese botín tan provocativo se vuelve feral y para ganarlo se apela a todo. Mentiras, calumnias, promesas imposibles de cumplir, financiaciones de dudosa ortografía y uno que otro crimen de mayor envergadura. Eso genera polarización, odio al adversario y violencia. O sea todo lo contrario de lo que debe buscar una nación. Y en segundo lugar porque hace que la pérdida del juicio del presidente pueda llegar a ser catastrófica. Imaginen un elefante enloquecido… .

Estas cosas ya han sido advertidas por varios pensadores juiciosos. Pero lo paradójico es que en lugar de escucharlos y repartir entre varios organismos las atribuciones de los gobernantes para evitar esos riesgos, cada vez les damos más. Hemos terminado fabricando un nuevo Dios omnipotente, pero peligroso.

Se me ocurren estas cosas con ocasión de los recientes episodios en los Estados Unidos que dan la impresión de que el Presidente se chifló. Yo no sé si el señor Trump tiene razón o no en su pataleta. Seguramente tiene razones, motivos, para comportarse de la forma en que lo está haciendo. Quizás nunca lleguemos a saberlo. Pero mientras tanto está haciendo mucho daño, gane o pierda en sus alegatos. Sería bueno aprovechar la coyuntura para llevar a cabo una remodelación profunda de los sistemas de gobierno actuales.
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